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Recuerdo la primera vez que escuché hablar del origen de la palabra adolescencia. Quien hablaba se dirigía a un grupo de padres de adolescentes y les decía que la palabra provenía de "adolecer", lo que explica que esta etapa esté llena de conflictos y de dolor, aunque por su conducta desairada les costara entenderlo de esta manera. Me gustó esa intervención, especialmente si va dirigida a los progenitores de aquellos que son vistos socialmente como brutos, egocéntricos , interesados e indiferentes a las necesidades de los demás.

En mi búsqueda sobre qué es la adolescencia y cómo transitarla, leí repetidas veces que esa interpretación es habitual pero incorrecta, ya que la etimología de adolescencia es adolescere, que significa crecer, madurar o hacerse adulto. La primera definición me parece que a aquellos padres y madres les podía ayudar a entender que sus hijos e hijas estaban pasando algo difícil, y eso puede activar la empatía e incluso los recuerdos de la propia adolescencia. En cualquier caso me quedo con lo esencial: que es un tránsito, que es movimiento y crecimiento y que es importante desarrollarlo adecuadamente para tener una adultez sana y satisfactoria. Y ahora bien, la cuestión sería cómo acercarse a ese "desarrollo adecuado", pues ahí se nos hace necesario abrirnos a cómo es el mundo actual en nuestra comunidad, sí, se nos hace necesario a nosotros, los adultos. Justamente porque lo que va a hacer el o la adolescente es abrirse a ese mundo. Y esta etapa, de la que hablamos con tanta determinación y no dudamos de su existencia, es una construcción cultural, que no existe en otras civilizaciones ni en otros momentos de la historia. Vinculada, eso sí, a la pubertad, que sí se refiere a los cambios biológicos, fisiológicos, etc., que llevan a un ser humano de la niñez a la posibilidad de procrear.   

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